Qué es una Hemorragia subaracnoidea?

Una hemorragia subaracnoidea es un derrame de sangre que se produce de repente en el espacio comprendido entre el cerebro y la capa que lo rodea (espacio subaracnoideo).

El origen habitual de la salida de sangre es la rotura súbita de un vaso sanguíneo debilitado (bien sea por una malformación arteriovenosa o un aneurisma). Cuando un vaso sanguíneo está afectado por aterosclerosis o una infección, puede producirse la rotura del mismo. Tales roturas pueden ocurrir a cualquier edad, pero son más frecuentes entre los 25 y los 50 años. Rara vez una hemorragia subaracnoidea es debida a un traumatismo craneal.




Síntomas de la Hemorragia subaracnoidea

Los aneurismas que producen hemorragias subaracnoideas no suelen presentar síntomas antes de la rotura. Pero, a veces, los aneurismas comprimen un nervio o producen un pequeño derrame de sangre antes de una rotura importante y, en consecuencia, ocasionan una señal de alarma, como un dolor de cabeza, dolor en la cara, visión doble u otros problemas visuales. Las señales de alarma suelen ocurrir entre minutos y semanas antes de la rotura. Dichos síntomas siempre deberían ponerse en conocimiento del médico lo antes posible para que pueda tomar las medidas oportunas a fin de prevenir una hemorragia masiva.

La rotura suele producir un dolor de cabeza repentino e intenso, seguido a menudo de una pérdida de consciencia de corta duración. Algunas personas quedan permanentemente en estado de coma, pero es más frecuente que despierten y tengan una sensación de confusión y somnolencia. La sangre y el líquido cefalorraquídeo alrededor del cerebro irritan la membrana que lo envuelve (meninges) y ello ocasiona dolores de cabeza, vómitos y mareos. También suelen manifestarse fluctuaciones frecuentes en la frecuencia cardíaca y respiratoria, a veces acompañadas de convulsiones. En unas horas o incluso minutos, la persona puede sentirse nuevamente somnolienta y confusa. Alrededor del 25 por ciento de estas personas tienen problemas neurológicos, habitualmente parálisis en un lado del cuerpo.

Diagnóstico de la Hemorragia subaracnoidea

El diagnóstico de una hemorragia subaracnoidea suele establecerse con una tomografía computadorizada (TC) que pone de manifiesto el lugar donde se ha producido la hemorragia. La punción lumbar, si fuera necesario practicarla, puede revelar la presencia de sangre en el líquido cefalorraquídeo. Dentro de las 72 horas siguientes suele realizarse una angiografía para confirmar el diagnóstico y para servir de orientación en caso de que sea necesario practicar una intervención quirúrgica.

Pronóstico de la Hemorragia subaracnoidea

Aproximadamente un tercio de las personas que tienen una hemorragia subaracnoidea fallecen durante el primer episodio a causa de una extensa lesión cerebral. Un 15 por ciento fallecen a las pocas semanas debido a una nueva hemorragia. A veces puede que una pequeña área sangrante se cierre por sí misma y no se vea en la angiografía, lo cual es signo de un buen pronóstico. Por otro lado, si el aneurisma no se interviene, las personas que sobreviven después de 6 meses tienen un 5 por ciento de probabilidades cada año de que se produzca otro episodio de hemorragia.




Muchas personas recuperan muchas o la totalidad de las funciones mentales y físicas después de una hemorragia subaracnoidea. Sin embargo, a veces quedan secuelas de problemas neurológicos.

Tratamiento de la Hemorragia subaracnoidea

La persona que pueda haber sufrido una hemorragia subaracnoidea se hospitaliza inmediatamente y se le aconseja evitar cualquier esfuerzo. Para controlar los dolores de cabeza intensos se administran analgésicos. En ocasiones se coloca un tubo de drenaje en el cerebro para disminuir la presión.

La cirugía sobre el aneurisma, ya sea para aislar u obstruir el mismo, o para reforzar las paredes de la arteria debilitada, reduce el riesgo de que se produzca una hemorragia mortal más adelante. Se trata de una cirugía difícil y, a pesar del procedimiento quirúrgico utilizado, el índice de mortalidad es muy alto, especialmente en personas que se encuentran en un estado de estupor o coma. Existen controversias acerca del mejor momento para la intervención y ésta se decidirá en función de las características de cada persona. La mayoría de los neurocirujanos recomienda que la intervención se realice dentro de los 3 días posteriores al inicio de los síntomas. Si la intervención se retrasa 10 días o más, los riesgos que comporta la cirugía se reducen pero, en cambio, aumentan las probabilidades de una nueva hemorragia