Los tumores óseos son producidos por el crecimiento de células anormales en los huesos.

Pueden ser no cancerosos (benignos) o cancerosos (malignos). Los tumores óseos no cancerosos son relativamente frecuentes, mientras que los cancerosos son poco frecuentes. Además, los tumores óseos pueden ser primarios (tumores cancerosos o no cancerosos que se originan en el mismo hueso) o metastásicos, es decir, cánceres originados en otro lugar del organismo (por ejemplo, en las mamas o la próstata) y que luego se propagan al hueso. En los niños, la mayor parte de los tumores óseos cancerosos son primarios; en los adultos, la mayoría son metastásicos. El dolor de los huesos es el síntoma más frecuente de tumores óseos. Además, es posible notar una masa o tumefacción. En ocasiones, el tumor (especialmente si es canceroso) debilita el hueso, por lo que éste se fractura con poca o ninguna sobrecarga (fractura patológica). Se deben hacer radiografías de las articulaciones o de cualquier miembro que cause dolor persistente.




Sin embargo, los rayos X sólo muestran una zona anormal, pero no indican de qué clase de tumor se trata. La tomografía computarizada (TC) y la resonancia magnética (RM) son útiles para determinar la localización exacta y el tamaño del tumor. Sin embargo, no suelen aportar un diagnóstico específico.

La extracción de una muestra del tumor para su examen al microscopio (biopsia) es necesaria para establecer el diagnóstico en la mayoría de los casos. En algunos tumores, se puede obtener la muestra extrayendo algunas células con una aguja (biopsia por aspiración). No obstante, puede ser necesario un procedimiento quirúrgico (biopsia abierta) para obtener una muestra adecuada para el diagnóstico. El tratamiento inmediato (que consiste en una combinación de fármacos, cirugía y radioterapia) es de gran importancia en caso de tumores cancerosos.