Diagnóstico de las cardiopatías

El diagnóstico de una cardiopatía suele establecerse a partir de la historia clínica y del examen físico. Se utilizan determinadas pruebas complementarias para confirmar el diagnóstico y determinar la gravedad y las consecuencias de la enfermedad, así como para facilitar la planificación del tratamiento.

Historia clínica y exploración física

En primer lugar, el médico pregunta acerca de los síntomas que sugieren la posibilidad de una cardiopatía, como dolor torácico, insuficiencia respiratoria, edema de pies y tobillos y palpitaciones. A continuación, se registra la presencia de otros síntomas, como fiebre, debilidad, fatiga, pérdida de apetito y malestar general, que pueden señalar directamente un trastorno cardíaco. Después, se pregunta al paciente sobre infecciones, exposición a productos químicos, uso de medicamentos, consumo de alcohol y tabaco, ambiente familiar y laboral y actividades recreativas. Por último, es necesario conocer si algún miembro de la familia ha tenido enfermedades cardíacas u otros trastornos y si el paciente tiene alguna enfermedad que pueda afectar al sistema cardiovascular.

Durante la exploración física, se registra el peso y el estado general y se observa si existe palidez, sudor o somnolencia, ya que son indicadores sutiles de una enfermedad cardíaca. También se debe tener en cuenta el estado de ánimo y la sensación de bienestar, que también pueden hallarse afectados por una cardiopatía.

Es importante determinar el color de la piel, ya que la palidez o la cianosis (una coloración azulada) indican anemia o escaso flujo sanguíneo. Estas características manifiestan que la piel recibe una insuficiente cantidad de oxígeno a través de la sangre a causa de un trastorno pulmonar, de una disfunción cardíaca o de problemas circulatorios de distinta índole.

Se toma el pulso en las arterias del cuello, debajo de los brazos, en los codos y las muñecas, en el abdomen, en las ingles, detrás de las rodillas y en los tobillos y los pies para asegurarse de que el flujo de sangre sea adecuado y simétrico en ambos lados del cuerpo. También se controlan la presión arterial y la temperatura corporal; cualquier anormalidad puede sugerir una cardiopatía.




Es importante examinar las venas del cuello ya que están directamente conectadas a la aurícula derecha y dan una indicación del volumen y de la presión de la sangre al entrar por el lado derecho del corazón. Para esta parte de la exploración, se solicita al paciente que se estire con la parte superior del cuerpo elevada en un ángulo de 45 grados. En ocasiones, el paciente podrá sentarse, ponerse de pie o acostarse.

El médico presiona con el dedo la piel de los tobillos y las piernas y, a veces, la parte inferior de la espalda, con el fin de detectar una acumulación de líquidos (edema) en los tejidos que se hallan por debajo de la piel.

Un oftalmoscopio (instrumento que permite examinar el interior del ojo) se usa para observar los nervios y los vasos sanguíneos de la retina (la membrana sensible a la luz que se halla sobre la superficie interna de la parte posterior del ojo). Se pueden encontrar anomalías visibles en la retina en caso de hipertensión arterial, diabetes, arteriosclerosis e infecciones bacterianas de las válvulas cardíacas.

El médico observa el tórax para determinar si la frecuencia y los movimientos respiratorios son normales y luego se percute el pecho con los dedos para saber si los pulmones están llenos de aire, lo que es normal, o bien si contienen líquido, lo cual es anormal. La percusión también permite determinar si la membrana que envuelve el corazón (pericardio) o la que cubre los pulmones (pleura) contienen líquido. El fonendoscopio se emplea para auscultar los sonidos de la respiración y determinar si el flujo aéreo es normal o si hay una obstrucción, así como si los pulmones contienen líquido debido a un trastorno cardíaco.

El médico coloca la mano sobre el tórax para determinar el tamaño del corazón y el tipo y la fuerza de las contracciones durante cada latido. A veces, un flujo de sangre anormal y turbulento dentro de los vasos o entre las cavidades del corazón, provoca una vibración que se percibe con las yemas de los dedos o con la palma de la mano.

También es posible identificar con un fonendoscopio los distintos sonidos que causan la apertura y cierre de las válvulas cardíacas (auscultación). Las anomalías en las válvulas y otras partes del corazón crean turbulencias en la circulación sanguínea que generan sonidos característicos denominados soplos cardíacos.

Un flujo sanguíneo turbulento generalmente aparece cuando la sangre pasa por válvulas estrechas o que no cierran bien.

No todas las enfermedades cardíacas provocan soplos y no todos los soplos indican un trastorno. En general, las mujeres embarazadas tienen soplos cardíacos por el aumento normal de la velocidad de flujo de la sangre. Estos soplos inofensivos son también frecuentes en niños pequeños y mayores debido a la rapidez con que la sangre atraviesa las pequeñas estructuras del corazón. A medida que las paredes de los vasos, las válvulas y otros tejidos se van endureciendo con el envejecimiento, el flujo sanguíneo puede volverse turbulento, aunque no exista una enfermedad cardíaca grave previa.

Colocando el fonendoscopio sobre las arterias y las venas en cualquier lugar del cuerpo, se pueden detectar señales de flujo turbulento, llamados soplos, causados por un estrechamiento de los vasos o por comunicaciones anormales entre ellos.

Por último, se examina el abdomen para determinar si el hígado está agrandado por una acumulación de sangre en las principales venas que conducen al corazón. Una hinchazón anormal del abdomen, debida a retención de líquidos, puede indicar una insuficiencia cardíaca. También se exploran el pulso y el diámetro de la aorta abdominal.

Pruebas diagnósticas

Existe una amplia serie de pruebas y procedimientos para agilizar y hacer más preciso el diagnóstico. Incluyen registros de la actividad eléctrica del corazón, radiografías, ecocardiogramas, resonancia magnética (RM), tomografía por emisión de positrones (TEP) y cateterismo cardíaco.

Estos exámenes, habitualmente, sólo tienen un leve riesgo, que aumenta con la complejidad del procedimiento y la gravedad de la enfermedad cardíaca subyacente. Con respecto al cateterismo cardíaco y a la angiografía, la posibilidad de que surja una complicación mayor (como un accidente vascular cerebral, un infarto o la muerte) es de 1 por cada 1000. La prueba de esfuerzo tiene un riesgo de 1 entre 5000 de desarrollar infarto o muerte. En realidad el único riesgo de los exámenes con isótopos radiactivos proviene de la pequeña dosis de radiación que recibe el paciente, que de hecho es menor que la que recibe con la mayoría de los exámenes con rayos X.