¿Cuáles son los síntomas de la hepatitis C?

Se dice que el virus de la hepatitis C es silencioso porque es frecuente que una persona recientemente infectada no presente síntomas o que estos sean inespecíficos: cansancio
y dolor de estómago. Una de cada cuatro personas puede presentar ictericia, orina de color más oscuro que el habitual, náuseas, malestar y falta de apetito entre siete y ocho semanas después de haber estado en contacto con el virus.

En la mayoría de los infectados el daño hepático se manifiesta años más tarde. El hecho de que la enfermedad sea silenciosa hace que una persona infectada pueda contagiar a otras sin saberlo. Además, impide el tratamiento temprano, capaz de impedir que el daño
hepático progrese. La única forma de establecer si una persona está infectada con el VIH




es realizarse una prueba sanguínea.

¿Quiénes deben hacerse las pruebas de la hepatitis C?

  1. Las pruebas para la hepatitis C deberían practicarse en todas las personas con factores de riesgo para la enfermedad, es decir quienes se identifican con alguna
    de las situaciones siguientes:

    • Han compartido agujas para inyección de drogas
    • Recibieron una transfusión sanguínea antes del año 1995
    • Sufrieron algún accidente con un objeto cortante que había sido previamente utilizado por una persona con hepatitis C.
    • Se han realizado tatuajes o perforaciones con instrumental que no era nuevo
      o no estaba debidamente desinfectado
    • Tienen o han tenido múltiples parejas sexuales o han tenido relaciones
      con una persona infectada con el virus de la hepatitis C
    • Comparten o compartieron utensilios de uso personal como cepillos de dientes o afeitadoras con alguien con hepatitis C
    • Han recibido o reciben tratamiento de diálisis renal.
    • Tienen contacto frecuente con sangre por razones laborales
    • Recibieron un transplante de órgano de un donante con hepatitis C
    • Los niños nacidos de madres infectadas con el VHC

¿Es una enfermedad frecuente?

Más de 170 millones de personas en todo el mundo están infectados con el VHC.
En México existe muy poca información epidemiológica sobre la hepatitis C, sin embargo, estimaciones de la Organización Mundial de la Salud establecen que un 0,7% de la población mexicana, es decir aproximadamente 700.000 personas, están infectadas con el VHC. Se calcula, además, que existe un importante porcentaje de mexicanos que tienen el HVC en su sangre pero que no han recibido el diagnóstico correspondiente.

¿Cómo se diagnostica la enfermedad?

En la actualidad hay varias pruebas disponibles para determinar si una persona está infectada con el VHC. Sólo es necesaria una simple extracción de sangre para analizar si en esa muestra se detectan anticuerpos, es decir sustancias producidas por el cuerpo para defenderse contra el VHC; si esta prueba es positiva se realiza otra para determinar la cantidad de virus presente en la sangre, y conocer si la infección es nueva (aguda) o crónica (de largo plazo).




Las pruebas que detectan los anticuerpos son:

  • Ensayo inmunoenzimático (conocido como EIA, por su sigla en ingles). En general es la primera prueba que se realiza; si el resultado es positivo, requiere una confirmación. En personas cuya infección es temprana, es decir que el contagio es reciente, esta prueba puede ser un falso negativo.
  • Ensayo inmunoabsorbente recombinante (conocido como RIA o RIBA, por su sigla en inglés). Es una prueba muy precisa y permite confirmar un resultado positivo en la prueba EIA.

¿Cuáles son las vías de contagio más habituales?

La infección por VHC se contrae por contacto con la sangre de una persona infectada.

A nivel mundial, las principales vías de transmisión son el uso de drogas intravenosas y la transfusión de sangre y derivados infectados con el VHC. En México las transfusiones sanguíneas han sido la vía más habitual de transmisión de este virus.

El contacto con sangre infectada en el ámbito del trabajo, la transmisión materno fetal, la realización de tatuajes, los tratamientos de acupuntura y el contacto intrafamiliar también son vías potenciales de contagio, especialmente si no se respetan ciertas medidas de seguridad.

Uso de material inyectable: En usuarios de drogas, compartir equipos de inyección que no han sido debidamente desinfectados es una vía de contagio habitual de enfermedades sanguíneas, como la hepatitis C, ya que suelen quedar restos de sangre que se intercambian directamente de una persona a otra.

Quienes no pueden dejar de utilizar drogas inyectables siempre deben emplear jeringas nuevas y desechar las usadas, para que nadie las reutilice. Si alguna vez se reutiliza un equipo de inyección, debe hervirse en agua o desinfectarse con cloro antes de la aplicación. La esterilización adecuada del instrumental también es indispensable cuando se realizan tatuajes o perforaciones, así como en los tratamientos de acupuntura, que requieren agujas terapéuticas estériles.

Transfusiones sanguíneas: La vía de contagio del VHC más habitual en el país antes de 1992 fueron las transfusiones de sangre y sus derivados. La introducción de pruebas de control en los bancos de sangre minimizó este riesgo.

Exposición ocupacional: Algunos trabajadores sanitarios están obligados a manipular utensilios que pueden contener sangre de los pacientes. Para evitar el contagio del VHC, es necesario utilizar métodos de barrera que reduzcan el riesgo.

Transmisión madre-hijo: Aproximadamente cuatro de cada 100 bebés nacidos de madres infectadas con el VHC se contagian durante el parto. Pese a que se conoce este dato, no existe en la actualidad un tratamiento para evitar el contagio.

Contacto intrafamiliar: Aunque no es una forma usual de contagio, puede ocurrir por contacto directo con la sangre de un integrante de la familia infectado con el VHC. Para minimizar este riesgo, debe limpiarse cualquier rastro de sangre, incluida la sangre seca, con lavandina o cloro diluido en agua (una parte de cloro por cada cien partes de agua). También debe evitarse el compartir artículos de higiene personal como cepillos de dientes o afeitadoras.




¿La hepatitis C es una enfermedad tratable?

Sí, en la actualidad existen tratamientos eficaces para la hepatitis C. Es importante detectar la infección de forma temprana e iniciar el tratamiento lo antes posible para prevenir o detener el daño hepático que produce el VHC.

Con el tratamiento adecuado, las personas que cursan la fase aguda de la enfermedad evitan que este alcance un proceso crónico. Y quienes sufren hepatitis crónica detienen mediante el tratamiento el progreso de la enfermedad, que puede desembocar en enfermedades serias.

Una consulta con el médico es el camino más recomendable para confirmar si una persona ha sido infectada con el virus de la hepatitis C. Así sufra hepatitis aguda o crónica, el tratamiento le permitirá detener el avance de la enfermedad y recuperar el bienestar.