La hipertensión esencial no tiene curación, pero el tratamiento previene las complicaciones. Debido a que la presión arterial elevada en sí misma no produce síntomas, el médico trata de evitar los tratamientos incómodos, molestos o que interfieran con los hábitos de vida. Antes de prescribir la administración de fármacos, es recomendable aplicar medidas alternativas.

En caso de sobrepeso y presión arterial elevada, se aconseja reducir el peso hasta su nivel ideal. Así mismo, son importantes los cambios en la dieta en personas con diabetes, que son obesas o que tienen valores de colesterol altos, para mantener un buen estado de salud cardiovascular en general. Si se reduce el consumo de sodio a menos de 2,3 gramos o de cloruro de sodio a menos de 6 gramos al día (manteniendo un consumo adecuado de calcio, magnesio y potasio) y se reduce el consumo diario de alcohol a menos de 750 mililitros de cerveza, 250 mililitros de vino, o 65 mililitros de whisky, puede que no sea necesario el tratamiento farmacológico. Es también muy útil hacer ejercicios aeróbicos moderados. Las personas con hipertensión esencial no tienen que restringir sus actividades si tienen controlada su presión arterial. Por último, los fumadores deberían dejar de fumar.Es recomendable que las personas con presión arterial elevada controlen su presión en su propio domicilio. Dichas personas probablemente estarán más dispuestas a seguir las recomendaciones del médico respecto al tratamiento. Tratamiento farmacológico




En teoría, cualquier persona con hipertensión arterial puede llegar a controlarse dado que se dispone de una amplia variedad de fármacos, pero el tratamiento tiene que ser individualizado. Además, es más eficaz cuando ambos, paciente y médico, tienen una buena comunicación y colaboran con el programa de tratamiento.

Los expertos no se han puesto de acuerdo sobre cuánto se debe disminuir la presión arterial durante el tratamiento, o sobre cuándo y cuánto debe tratarse la hipertensión en estadio l (leve). Pero sí hay un acuerdo general sobre el hecho de que cuanto más elevada es la presión arterial, mayores son los riesgos (incluso cuando los niveles se encuentren dentro de la escala normal). Así pues, algunos expertos subrayan que cualquier aumento, aunque sea pequeño, debe ser tratado y que cuanto más se consiga descender la presión, mejor. En cambio, otros sostienen que el tratamiento de la presión arterial por debajo de un cierto nivel, puede de hecho aumentar los riesgos de infarto y muerte súbita en vez de reducirlos, sobre todo en caso de enfermedad de las arterias coronarias.

Diversos tipos de fármacos reducen la presión arterial a través de mecanismos diferentes. Por ello, algunos médicos suelen utilizar un tratamiento escalonado. Se inicia con un fármaco al cual se agregan otros cuando es necesario. Así mismo, también puede realizarse una aproximación secuencial: se prescribe un fármaco y, si no es eficaz, se interrumpe y se administra otro. Al elegir el fármaco, se consideran factores como la edad, el sexo y la etnia del paciente, el grado de gravedad de la hipertensión, la presencia de otros trastornos, como diabetes o valores elevados de colesterol, los efectos secundarios probables (que varían de un fármaco a otro) y los costos de los fármacos y de las pruebas necesarias para controlar su seguridad.

Habitualmente, los pacientes toleran bien los fármacos antihipertensivos que se les prescriben. Pero cualquier fármaco antihipertensivo puede provocar efectos secundarios. De modo que si éstos aparecen, se debería informar de ello al médico para que ajuste la dosis o cambie el fármaco.

Los diuréticos tiacídicos con frecuencia son el primer fármaco que se administra para tratar la hipertensión. Los diuréticos ayudan a los riñones a eliminar sal y agua y disminuyen el volumen de líquidos en todo el organismo, reduciendo de ese modo la presión arterial. Los diuréticos también dilatan los vasos sanguíneos. Debido a que provocan una pérdida de potasio por la orina, a veces se deben suministrar conjuntamente suplementos de potasio o fármacos que retengan potasio. Estos fármacos son particularmente útiles en personas de etnia negra, de edad avanzada, en obesos y en personas que padecen insuficiencia cardíaca o renal crónica.




Los bloqueadores adrenérgicos (un grupo de fármacos que incluyen los bloqueadores alfa, los betabloqueadores y el bloqueador alfa-beta labetalol) bloquean los efectos del sistema nervioso simpático, el sistema que responde rápidamente al estrés aumentando la presión arterial.

Los bloqueadores adrenérgicos más utilizados, los betabloqueadores, son especialmente útiles en los individuos de etnia blanca, las personas jóvenes y las que han sufrido un infarto de miocardio o que tienen ritmos cardíacos acelerados, angina de pecho o migraña.

Los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina disminuyen la presión arterial dilatando las arterias. Son en especial útiles en los individuos blancos, las personas jóvenes, en las que padecen insuficiencia cardíaca, en las que presentan proteínas en la orina debido a una enfermedad renal crónica o una enfermedad renal por la diabetes y en los varones que presentan impotencia como resultado de un efecto secundario producido por la ingestión de otro fármaco.

Los bloqueadores de la angiotensina II disminuyen la presión arterial a través de un mecanismo similar (pero más directo) al de los inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina. Debido al modo en que actúan, los bloqueadores de la angiotensina II parecen causar menos efectos secundarios.

Los antagonistas del calcio provocan la dilatación de los vasos sanguíneos por un mecanismo completamente diferente. Son particularmente útiles en las personas de etnia negra, de edad avanzada y las que padecen de angina de pecho (dolor de pecho), de ciertos tipos de arritmias o de migraña. Informes recientes sugieren que la administración de antagonistas del calcio de acción corta aumenta el riesgo de muerte por infarto, pero no hay estudios que sugieran dicho efecto para los antagonistas del calcio de acción prolongada.

Los vasodilatadores directos dilatan los vasos sanguíneos a través de otro mecanismo. Un fármaco de esta clase casi nunca se utiliza solo; es más, suele utilizarse como un segundo fármaco cuando el otro solo no disminuye suficientemente la presión arterial.




Las urgencias hipertensivas , como por ejemplo la hipertensión maligna, requieren una disminución rápida de la presión arterial. Existen diversos fármacos que disminuyen la presión arterial con rapidez; la mayoría se administra por vía intravenosa. Estos fármacos comprenden el diazóxido, el nitroprusiato, la nitroglicerina y el labetalol. La nifedipina, un antagonista del calcio, es de muy rápida acción y se administra por vía oral; sin embargo, puede causar hipotensión, de modo que es necesario controlar rigurosamente sus efectos.